martes, 1 de febrero de 2011

Mantis religiosa

Interesante y curioso a la vez. Al igual que la mantis religiosa, que se come al macho una vez terminado el coito con él, los músicos (bah, los artistas en general), suelen cometer errores bastante serios de apreciación, a propósito de lo que les conviene (o no) para desarrollar una carrera profesional con esto.
Como siempre insisto, esto es sólo una parte de la verdad, por así decirlo. O al menos una parte de “mi” verdad, lo cual no implica que mis apreciacionesd eban servir a todos por igual.
Así, por ejemplo, en éstos días, se han puesto de moda los conciertos “streamline”, o como catzo se diga, es decir, básicamente, y como para que el lector desprevenido lo entienda, la transmisión vía intenet de conciertos privados, realizados en casas de familia, aunque también se hacen desde bares musciales. Esto, que en un principio suena muy atractivo (si partimos del supuesto caso de que hay un tipo en, no sé, Finlandia o Japón, por ejemplo, interesado en verte y escucharte, y la única cierta posibilidad de hacerlo es, precisamente, que le trasmitas tu concierto por internet). Ahora bien, para notificar esta posiblidad, se anuncia la trasmición streamline vía redes sociales, es decir, facebook, twitter o similar. ¿Y que ocurre entonces? Bueno, en principio, lógicamente, que en tu red social puedes tener uno o dos “colegas” residentes en Finlandia o Japón, pero la mayoría… ¡son tus amigos! O coleguillas de profesión, o admiradore sinceros, digamos, que viven en tu ciudad o ciudades vecinas. Es decir, por llamarlos de otro modo mas académico, digamos, “público potencial” (Sino te vienen a ver tus amigos, ¿quién diablos te va ir a ver, si no suenas en la radio, y nadie –o muy pocos-, conocen tu nombre o tus canciones?...)
Para decirlo de otro modo, están limitando ellos mismos la posibilidad de vender más entradas a sus conciertos. Entiéndase bien: esto no es un concepto absoluto. Puedes hacerlo. Es más, me resulta divertido y apasionante. Pero si cada vez haces una cosa distinta, digamos. Es decir, dejando siemrpe la puerta abierta para que la gente peuda optar. O elegir ir a verte personalmente cantar, pagando una entrada para ello. Sino, si vas a grabar todas tus canciones y radiarlas por internet, o emitirlas en video… ¿quién va  ir a verte otro día? ¿Quién se va a plantear pagar una entrada para ir a verte cantar a un bar musical, con el frío que hace, y “lo a gustico que se está en casa”, para usar una expresión típicamente granadina, como para que alguien se tome la molestia (bueno, alguien que haya pasado su época de facultad, digo, porque a los estudiantes, por lo general, les importa un comino el frío: basta ver la cantidad de gente que se arrima al botellón los jueves, viernes y sábados por la noche) de ir a verte cantar, a escuchar o verte recitar tus poemas, o admirar tus pinturas en una exposición, pagando una entrada?
Como siempre digo: lo difícil en éstos días, no es sonar bien, que cualquiera que cante más o menos afinado y tenga los instrumentos mínimos para hacerlo bien -una guitarra por línea, un micrófono más o menos decente, etc.-, y algunas buenss canciones, seguramente va a poder conmover y gustar al público que pueda ir a verlo. No. Ese no es el problema. Justamente, lo difícil no es cantar, digamos. Lo realmente difícil, es lograr que vaya gente a tus conciertos. Que haya gente que pueda tomarse la molestia de pagar una entrada para ver y escuchar cantar a un tipo que no conoce apenas que de nombre, que jamás ha escuchado sus canciones por la radio –y al paso que vamos, jamás las va a escuchar-, que prefiera ir a un bar musical a ver un concierto, antes que quedarse en su casa mirando fútbol por TV, pongamos por caso.
Ese es el verdadero desafío en estos tiempos. Ser capaz de generar recuersos, o algún tipo de interés alternativo mediático, por llamarlo de algún modo, como para llamar la atención y que la gente vaya a verte. No sé, allá por medidados de los ´70, por ejemplo, los KISS se maquillaron. Y gracias a ello, armaron toda una leyenda acerca de sus disfraces y bla-bla. Eso les sirvió –en un principio, al menos-, para destacarse del resto, pero después tuvieron que defender sus extravagancias (y los trucos de humo y luces) con canciones, que de eso se trata. Y mal no les fue.
Ocurre que hoy, eso ya se ha hecho. Es como los grupos que filman un video, tocando en la terraza de un edificio: no es que no se pueda hacer, ojo. Es más: puede llegar a ser muy divertido, estimo.Pero voy al hecho de que eso también ya se ha hecho. Es más, los mismos Beatles lo hicieron a fines de 1969, meses antes de separarse. Es decir. ¡han pasado 40 años, macho! ¿Pensás que estás siendo original haciéndolo? Pero además, hay una cosa que es cierta, y nombré a los KISS adrede: los tipos tenían CANCIONES. Por eso llevan más de 35 años dando vueltas en el negocio. Y sí, muy probablemente, si quisieran salir hoy día, nadie les pasaría bola. Pero eso le ocurre a todos los clásicos. ¿Alguien piensa acaso, que con toda esta campaña de radiofórmulas y productos envasados, podría surgir en el mundo del “negocio” musical, un Neil Young, un Bob Dylan, o una banda como Yes o Led Zeppelin, por poner ejemplos al azar?
No, ni remotamente. Nos guste aceptarlo o no, esta es la cruda realidad. Menos un Serrat o un Luis Eduardo Aute, por ejemplo, tipos que prácticamente “hablan” sus canciones, más que cantarlas, y que a todo el mundo gustan. Si. Pero gustan porque llevamos escuchándolos una pila de años, no porque hayan surgido ayer. Porque hoy por hoy, la tendrían muy, muy cruda, eso es lo que pienso. Yo, como otros de mi generación, conocí una época –hasta principios de los ´80, por ejemplo., en donde las radiofórmulas te radiaban a Supertramp, a Queen, a Aerosmith, a Bruce Springteen… hoy, eso no ocurre más. O sucede en proporciones mínimas, mano “Classic Rocks”, o radios alternativas por el estilo. Digámoslo así: están, si, pero sólo las consume una mínima porción de audiencia. Si ya planteamos alguna otra vez la necesidad de un músico en ser difundido, radiado, para que se conozca su nombre, sus canciones, para que la gente lo identifique, y esto no ocurre… ¿cómo diablos se pretende desarrollar una carrera artística o musical? No ha lugar, sencillamente.
Es cierto también que las relaciones sociales han cambiado. Que la proliferación de redes sociales, canales alternativos, etc., ha cambiado todo el sistema de difusión. Pero, lamentablemente, aunque las posibilidades están, en teoría, abiertas por igual a todo el mundo, quiénes aún siguen teniendo el “control” de esos mismos espacios, siguen siendo-  aún cuando  vayan camino a desaparecer-, las antiguas compañías discográficas.
Esta es la sencilla razón por la cual, en páginas como Spotify, Facebook, o Myspace, por ejemplo, los espacios publicitarios pertenecen a compañías discográficas: ellas son las que sostienen publicitariamente esas carteleras. Revistas como “Mondosonoro”, “Rock de luxe”, o “This rock”, clásicas acá en España, y cada una con una porción equis de mercado lector –otro día analizaremos esa proporción-, se sostienen básicamente, no ya por la cantidad de ejemplares vendidos, sino, sencillamente, por los espacios publicitarios que contratan sellos “indies” como Subterfuge, Locomotive Music, o cualquier otro similar. ¿Conclusión? Bueno, que mayoritariamente esas revistas suelen –sin entrar a debatir acá si es verdadero o falso el talento que ciertos grupos tienen-, transformarse en “voceros publictarios” de ciertos y determinados grupos, que suelen ser reporteados, anunciados, analizados, descriptos, y desmenuzados hasta el hastazgo, número tras número. Es decir: los que aparecen son siempre los mismos. Para bien o para mal.
Dicho de otro modo: la historia se repite, pero a otra escala. Si en los “40 principales” y otras radio fórmulas pagas como esas, los que suenan son los Juanes, los Shakira, los Miguel Bosé, y demás etcéteras, en los  medios“indies” son siempre los mismos también.
Podría dar nombres, claro está. Pero digamos que estos grupos o solistas están más cerca de mi realidad cotidiana, y no quiero ganarme enemigos al pedo, que ya tengo suficientes. Ojo, no es un problema de “maldad”, digamos, esto que hacen. Las revistas necesitan sobrevivir. Por eso venden espacios publicitarios. Quiénes compran esos espacios, obviamente, tienen cierto peso a la hora de pedir determinadas atenciones. Que siempre suelen ser darle la mayor difusión posible a los grupos que ellos editan, en el caso de una discográfica. Grande o chica. Y punto. No hay nada que discutir. Ya en la época de Los Beatles pasaba. Brian Epstein llegó a comprar tiradas enteras del “Mersey Beat”, la pequeña revista musical de Liverpool que fue la primera en darles atención, solamente para asegurarse que iba a seguir publicándose, y dándole difusión a “sus chicos”. Hasta que, finalmente, compró la revista.
Es decir. Seguramente Sir Paul Mc Cartney no va a estar de acuerdo conmigo en esto que voy a escribir, pero es lo que pienso: si no hubiera existido un Brian Epstein, no hubiera habido Beatles, es así de sencillo. Como tampoco hubiera habido un Bob Dylan, si no hubiera existido un John Hammond para contratarlo, grabarlo y editarlo. O sin un Sam Philips en Sun Records, por ejemplo, para grabar y editar a un tal Elvis Presley: siempre es así. Guste o no, y hay que aceptarlo como tal.
Obviamente, si uno está moviéndose, insitiendo, llamando la atención, haciendo cosas, tienes más posibilidades de que alguien te contrate y te difunda. Si, en cambio, te quedas en tu habitación, tocando la guitarra y quejándote por lo injusto que es el mundo, evidentemente ahí no, seguramente no va a salir nada.
En fin. Seguimos debatiendo ideas. Hasta otra.
© Mario Ojeda, Granada, 15/2/2010

Moneda de cambio




Es interesante descubrir –o reconfirmar, mejo dicho-, que uno valora siempre mas las cosas cuando no las tiene. Puede ser una guitarra, una casa, un auto, o su mujer, llegado el caso. Bueno, a lo que iba. Suelo escribir mis crónicas porque me agrada a mí, básicamente. Es decir, el puro placer de escribir. Que, en mi caso, se iguala perfectamente muchas veces con el placer de grabar o tocar la guitarra. Pero, del mismo modo que siempre he sostenido que ensayar con un grupo y no salir nunca a tocar, es una especie de masturbación gratuita, del mismo modo escribir sin tener lectores a veces puede volverse eso –es decir: soy masturbador compulsivo, ja,ja – A lo que iba: subí un link de mi blog a la red –éste, que usted está leyendo, estimado lector-, y un amigo trovador hondureño, Guillermo Anderson, lo posteó en su página de facebook. Hasta ahí llegó la repercusión, es decir, confirmando el título de mi crónica anterior: “a nadie le importa”. Pero bueno, a Guillermo le interesó lo suficiente como para postearlo, y eso está bueno.
Básicamente, lo que venía a contar en ese relato anterior es, sencillamente, que la España de hoy, mal o poco que le pese a muchos, no es, ni remotamente, la España fértil para los trovadores como era hasta hace 10 o 12 años atrás, sin ir más lejos. Más aún, ni siquiera tiene punto de comparación con la España del 2004, donde aún los ayuntamientos y salas con posibilidades de contratación, pagaban ciertos cachets por ir a tocar. Hoy, noviembre de 2010, la realidad es muy distinta. Los ayuntamientos no contratan. Si contratan, ¡pagan a los 90, a veces a los 120 días! Es decir: el músico debe pagarse los gastos de traslado, dietas y alojamiento hasta el lugar de la actuación, para realizar su show –acá le llaman bolos a los conciertos-, y luego sentarse a esperar para cobrar. Pero, además, y esto es realmente llamativo, los propios ayuntamientos se han colocado en rol de productores de conciertos. ¿Qué no es posible? Pues sí. Ahora lo van ver más claro.
 Pongamos por caso un ayuntamiento cualquiera, con un teatro a su disposición para programar –un 90 por ciento de los ayuntamientos españoles han  hecho teatros increíbles con sus propios sistemas de sonido e iluminación, ¡pero no tienen dinero para programar!, con lo cual hay inumerable cantidad de espacios escénicos sin usar-.
A lo que iba.
Un programador cultural, un técnico de cultura de un ayuntamiento, por seguir con el ejemplo, debería tener un equis presupuesto anual para contratar actividades que pudieran representarse en su localidad –sea teatro, música, magia, cuentacuentos, lo que fuera-. El tema es: como no hay presupuestos, no contratan. Ellos siguen cobrando religiosamente sus sueldos, obviamente, aunque no programan nada, que para eso les pagan. Pero ahora hay otra variante que resulta, cuanto menos, llamativa, y que roza prácticamente la competencia desleal, a nivel de producción, con un empresario o productor privado.
Pongamos que a un técnico de cultura se le ocurre contratar para que actúe en su teatro, a un artista equis. El lugar ya lo tiene, el sonido y las luces, también. Con lo cual se ahorra ese costo. También el personal –taquilla, acomodadores, etc.- Incluso tiene, muchas veces, una radio también municipal a su disposición, con lo cual puede difundir la actividad y hacer la difusión correspondiente. Tiene, además, personal ocioso para salir a pegar carteles. Y muchas veces, una imprenta también municipal a su disposición, donde incluso puede imprimir esos mismos carteles publicitarios. Es decir, resumiendo: costo cero de producción.
Consulta el prespuesto de un artista equis, y le responden, por poner un ejemplo. 8.000 euros más IVA más cena más hotel. Eso suma alrededor de 10 o 12.000 euros. Si un empresario privado, insisto, quisiera contratar a ese mismo artista, en ese cachet, teniendo una foro disponible de, digamos, 400 butacas, debería cobrar la entradas a 30 euros, para poder cubrir costos, ¿verdad? (a ver: cuatro por tres 12, mas gastos extra). Bien, pero allí aún no incluyó la deducción del 10% que se queda la SGAE por derechos de autor, ni el costo del alquiler de la sala, ni el sonido o la iluminación, si tuviera que alquilarlo aparte, ni el costo de la promoción radial ni la cartelería –impresión, pegatina, etc.-
Es decir que, haciendo números aún más cercanos a la realidad, para no perder dinero, el empresario privado en cuestión debería cobrar las entradas a 35 euros, cosa casi peligrosa en los tiempos que corren.
El programador municipal, en cambio, hace el cálculo al revés: “Tengo todo gratis. Pongo las entradas a 20 euros, con lo cual las vendo todas, son 8000 euros. Si necesito, pongo algunas sillas en los pasillos, y vendo mas entradas. Y si no cubro los 12.000 euros de producción, me di el lujo de traer a fulanito a cantar al teatro, por sólo 2000 o 3000 euros, que es más o menos lo que puedo perder…”
Imaginen un productor privado planteándose perder ese dinero, antes siquiera de hacer el concierto. Estaría loco, directamente.
Conclusión: no hay 2000 o 3000 euros para contratar a tres grupos locales o zonales tres veces por año, pero sí hay ese dinero para perderlo contratando a fulanito de tal, que era lo que le apetecía al alcalde, concejal o técnico de cultura de turno.
¿No es eso competencia desleal, acaso?
Pero hay mas variantes, ¿eh?, que la cosa no es tan sencilla. Con el famoso cuento de “no tenemos presupuesto”, los programadores, en vez de contratar, y negociar cachets (para que ese presupuesto anual dedicado a cultura rindiese mas), se limitan a ofrecer el teatro “a taquilla”, mas o menos con las siguientes palabras: “Mira, presupuesto no hay. Es decir, puedo ofrecerte el teatro, vos te haces cargo de la promoción, pegatina de carteles, me dices a que hora quieres tenerlo disponible, te traes tu propio técnico de sonio y luces, porque sino tengo que pagarlo yo, hablas con los grupo musicales, o la compañía de teatro que quieras programar, buscamos una fecha, y le damos para adelante…”
Me hace acordar de los dueños de los bares que quieren programar actividades musicales en sus garitos, pero no pagan. Te dicen: “trae a un amigo que se quede en la entrada del bar, y la taquilla que recauden es para ustedes, que yo trabajo la barra. Aparte, debes traer tu sistema de sonido, que acá no hay…”. Por supuesto, si te avienes a ese trato, y el día de la actuación vino poca gente, el responsable del fracaso artístico-económico eres tú, no el dueño del bar, que encima se molesta, y andá otra vez a pedirle una fecha, a ver que te responde. O te la da, pero para abril de 2015 0 2018, que para esa época espera ya que seas conocido, y tengas una legión de fieles seguidores a cada concierto, de modo tal que el bar se llene y él pueda vender muchas cervezas, que es lo que le interesa.
Nada nuevo bajo el sol, en suma, pero quería escribirlo y descargarme un poco, aunque nada tenga perspectivas de cambiar por el momento. Por supuesto, para los cuatro o cinco “consagrados” de turno, esos que suenan permanentemente en las radio fórmulas pagas, para ellos sí hay dinero, no vayan a creer.
Como cantaba Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio…”
Hasta la próxima vez.

© Mario Ojeda, Granada, 21/11/2010

Cuestión de confianza


Creo que, en el fondo, todo es una cuestión de fe. Lo digo claramente: de confianza, de fe ciega en lo que uno hace. De creersela –sin que eso signifique mirar a nadie por encima de los hombros- Pero si de creersela, de estar convencido de lo que uno hace.
Conozco ciertamente el sentimiento de sentirse para la mierda, de no ver ninguna luz al fondo del camino, de sentir que todo avanza menos uno, que el mundo sigue girando y nadie se acuerda de uno, ¡pero la vida es así! ¿Saben como se llamaba mi primer disco, el que grabe en 1983, con Lito Vitale en la consola, en el estudio que los Vitale tenían en Villa Adelina y del cual, como nunca se editó, solo tengo una miserable copia en casette? ¡"A pesar de todo"! Porque es así: a pesar de todo. Es tomar la decisición de hacerlo, y de seguir, a pesar de todo y de todos. Mi primer viaje a Europa lo hice a los 37 años, en 1998. Mi primera guitarra medianamente buena -la Squire blanca que aún conservo, made in Korea-, me la compre en diciembre de 1992, ya tenia 31 años y medio... ¡y la pague 500 dólares! Mi hija va mucho mejor que yo, seguro, porque aún no cumplió los veinticino y ya tienen sus cosas, y ha viajado, y ha cantado con equipos de sonido buenos, incluso en lugares piolas, o en algún festival importante, asi que es cuestión de apretar los dientes y seguir, no hay más que eso. ¿Saben que lejos estaba el Mario de 1996, cuando grabó con Moris, de aquel pibe que casi 20 años antes, en 1976, escuchaba a Moris en el radiograbador de su hermana Viviana? ¿Saben que lejos estaba el Mario de 1996, grabando con Litto Nebbia, despues de haberlo escuchado durante años, e incluso haber tocado antes que el, en 1982, para llegar a tener la satisfacción de decir "huy, estoy grabando con Litto”, cuando lo escuche durante años? ¿Saben que lejos está Cordoba, España, viendo a John Fogerty en vivo en el festival Internacional de la Guitarra, en el 2009, cuando yo escuchaba "Ramble Tamble", de los Creedence, a los 13 o 14 años, con los auriculares, en las siestas de Resistencia? Y los Creedence se habían separado en 1972, ni remotamente podía pensar racionalmente que alguna vez iba a poder verlo actuar. Pero pasaron 35 años, o mas, y ahí estaba yo, sentado en el teatro de la Axarquía, viendolo cantar “Fortunate Son”. Todo es una cuestión de fe, de pura fe, aunque parezca inocente.
Por eso tambien siempre digo que el escenario es mi lugar natural, y que solo me siento bien allí arriba, cuando estoy tocando y cantando, ya sea para 20 personas o casi 8000, como en BARock, en 1982. Es igual. Por eso me jode tanto que a veces se le abran espacios, o puertas para subir a tocar, a gente que lleva seis meses tocando, o que nunca tuvo que hacer ningún esfuerzo para llegar a ese lugar. No señor: a mi todo me costó, y me costó mucho mas que a otros muchas veces. Todo: aprender a tocar –no había libros ni metodos al alcance de la mano ni videos en internet-. He pagado –y sigo haciendolo-, un precio muy, muy alto para llegar adonde estoy. Y no me quejo. Pero cuando subo a tocar, o estoy grabando, ahí soy Lennon. No me jodan. Me lo gane. Y quiero disfrutarlo. “Quiero seguir haciendolo, hasta que no pueda colgarme la guitarra, porque este todo dobladito y sin dientes como mi abuelita”, como decía alguna vez David Lebón.
Les Paul, el padre de la guitarra electrica que lleva su nombre, se murió a los 94 años –igual que Andres Segovia-, y hasta ese momento, siguió tocando regularmente todos los lunes en un club. ¿Por qué no puedo aspirar a lo mismo? Hubo epocas en las cuales no tenia ni para cuerdas, o sencillamente, ni siquiera tenía una guitarra, porque mis prioridades eran otras, porque debía darle de comer a mis hijos, y ni siquiera tenía un trabajo estable, pero nunca deje que el arbol me impidiera ver el bosque. Siempre tuve claro mi objetivo. Y allá voy, y allá voy yendo. Porque no quiero hacer otra cosa. Porque tuve la suerte, ya desde mis dicesisiete años, de saber claramente que era esto lo que quería hacer. Porque desde mi primer concierto con público, allá por diciembre de 1980, hasta hoy, han pasado casi treinta años, y porque la ilusión –y la emoción-, siguen siendo exactamente las mismas. Porque estoy es lo que soy, en suma, y nadie podrá quitarme eso. Porque aún conservo una hermosa carta que me escribió mi querida tía Lilián, cuando deje mis estudios de arquitectura por la música, donde, entre muchas otras cosas, me decía dos cosas que siempre tengo presentes: “Serás lo que debas ser –como dicen alguna vez le dijera el general San Martín a Facundo Quiroga-, o sino, no serás nada…” Y la otra es muy fuerte: “Quien trabaja con las manos, es un obrero. Quien trabaja con las manos y la cabeza, es un artesano. Pero quien trabaja con las manos, el corazón y la cabeza, ese es un artista…”
Porque “quien mas ha vivido, tiene mas cosas para ofrecer cuando toca…”, como alguna vez dijera Rodolfo García, el ex baterista de Almendra, en un reportaje de la revista “Pelo”, cuando los Aquelarre se volvieron de España a la Argentina para despedirse con un concierto en el Luna Park, en 1977. Porque, tambien en palabras de Rodofo, en una carta pública que le escribió a Miguel Grinberg, por entonces editor de la revista “Canta rock”, allá por 1984: “Puedo no ser un habitante de la zona de lucidez implacable, como otros, pero no soy un boludo, eso te lo puedo asegurar…”
Porque conozco mucha gente que “ha sido famosa, ha vendido 30.000 discos, ha firmado autógrafos, ha hecho giras…”, y hoy está manejando un taxi, pero yo no, yo sigo tocando. Cuando muchos otros dejaron sus sueños olvidados en un cajón, o la guitarra colgada en un ropero, yo sigo tocando. Porque “la guitarra del joven soldado”, como cantaba Silvio Rodríguez, sigue siendo mi fusil. Y yo trabajo detrás, pero tambien delante de la guitarra. Porque podrán sugerirme muchas cosas, pero yo voy hacer haciendo lo que mi intuición y, sobre todo, mi corazón me indique.
Bueno, que iba para otro lado la crónica, y terminó acá, pero creo se deja leer. Hasta otra vez.

© Mario Ojeda, Granada, 25/7/2010

Acerca de los oficios (otra vez...)


El problema con oficios como la música o la actuación, por ejemplo, es que la gente suele ver los mismos, normalmente, como cosas fáciles de desarrollar. Es decir, nadie se compadece de un artista. Digamoslo de otro modo. De un minero, por ejemplo, pueden decir –y con mucha razón, ojo-: “pucha, que oficio de mierda… estar todo el día picando piedras, o tragándote el carbón…”, o lo que fuese. De un albañil, por ejemplo, la gente suele decir “¿ves lo que pasa por no haber estudiado? El pobre hombre tienen que estar todo el día trabajando al rayo del sol, en verano, o sufriendo el viento y el frío en invierno…” Y tienen razón, que duda cabe.
Pero ocurre que el hombre no elige el oficio. Es exactamente al revés: es el oficio quien elige a uno.
A veces es un hecho fortuito lo que define esa –si se quiere- mutua elección. Otras, ni siquiera se da lugar a eso.
En el caso de los músicos, por ejemplo, es común que la gente te diga: “que vida te das, ¿no? Se la pasan tocando, viajando, conociendo gente, lugares… ¡y encima te pagan!...”
No quiero justificarmen, ni mucho menos, pero me gustaría analizar la frase anterior, desmenuzándola.
Empezemos desde el final: “… ¡y encima te pagan!” Bien. Aunque lo he dicho cientos de veces, este un oficio como cualquier otro: me tienen que pagar. Otra cosa es que lo hagan. O que lo hagan en tiempo y forma. Porque muchas veces, cobras un concierto a los seis meses, como si fuera algo normal. Y si te quejas, no te contratan mas, con lo cual se convierte en la historia de huevo y la gallina.
Respecto a los viajes, es cierto: uno viaja, y conoce lugares, y gente. Pero la verdad de la milanesa, es que sería mucho mas descansado no tener que viajar tanto, sino poder armarte un circuito de actuaciones en 60 o 100 kilómetros a la redonda, y no tener que viajar tantas horas. Simplemente ir, tocar, y regresar a tu casa a dormir después de cada concierto. Pero esto no ocurre así. “Nadie es profeta en su tierra”.
O la frase“¡que va a ser músico ese, si vive a la vuelta de mi casa!...”. Entonces, tienes que buscarte conciertos en dónde éstos salgan, y generalmente salen lejos, y hay que aguantarse.
Y está bueno conocer lugares y gente, pero, por carácter transitivo, si uno pudiera estar tocando constantemente cerca de su lugar de origen, podría ganar su dinero dignamente tocando –es un oficio, al fin y al cabo-, y ahorrar un dinero, y luego viajar y conocer lugares y gente simplemente de vacaciones, sin urgencias ni problemas de horarios, viajando solamente por el placer de viajar.
Y respecto al lo “trabajoso” o no del oficio, nadie se preocupa cuando uno empieza, y no tiene instrumentos, y sufre por no tener medios para trabajar, o porque no puede comprarse una guitarra digna, por ejemplo, que afine bien, y se las arregla con lo que puede. Y sufre porque su guitarra no afina, pongamos por caso, pero nadie se preocupa por esto. Solamente alguien que ha pasado por eso sabe cuánto se sufre cuando te ocurre algo así. O no tienes un miserable amplificador para escucharte bien.O tienes que tocar sin retorno, y no te escuchas. O tocas en bares de mala muerte por dos duros, pero “es parte del aprendizaje”, como si no fuera mucho mejor poder, desde un principio, tocar en auditorios bonitos, con un buen sonido, habiendo ensayado en una sala acondicionada a tal efecto, y no en el garage de la casa de alguno de los músicos, transpirando como locos en verano, o tiritando de frío en invierno porque, como nadie te conocee y no tienes suficientes conciertos, no puedes pagar el alquiler de una sala de ensayos.
Es lo mismo con los demos o maquetas. Te piden un disco porque “quieren escuchar lo que haces”, y le llevas un CD, grabado malamente en tu lugar de ensayo, y claro, no suena demasiado bien, porque no está grabado en un estudio como la gente, pero eso pareciera que a nadie le importa. Y la sumatoria  de todos éstos factores es lo realmente “trabajoso” del asunto, lo sacrificado, por decirlo de alguna manera: tener que mantenerte en la brecha y defender el oficio de músico (o de productor, o de pintor, o lo que fuera), pase lo que pase, le pese a quien le pese, y si alfinal, o en algún momento, puedes disfrutarlo realmente, y ganar dinero con ello, resulta que no deberías hacerlo, porque, al fin y al cabo, pareciera que no es un trabajo como cualquier otro.
Lo he dicho muchas veces: solamente los que triunfan son creíbles. Si sos un músico exitoso, y ganas dinero, entonces está bien. Has justificado, pareciera, tu razón de ser. A nadie le resulta extraño que un tipo cualquiera, que trabaja en un banco, por ejemplo, tenga un buen pasar. “Bueno, el estudió para eso, entonces está bien, se lo merece…” Ah, claro, porque el artista no, se pasó años rascándose los huevos a dos manos y haciendo “una música estridente”, entonces, si no tiene trabajo, o si no puede vivir de su oficio, “el se la buscó, se hubiera buscado un trabajo digno…”
Cuando un empleado bancario se queda sin trabajo, el comentario es: “Pobre, se quedó sin trabajo, con lo difícil que está la situación laboral…” En cambio, si un músico se queda sin trabajo, no pasa nada. A lo sumo, otra vez, el comentario despectivo: “bueno, hubiera estudiado algo mejor, ¿desde cuándo se puede vivir de tocar la guitarra?...”
La verdad verdadera, a mí este tipo de discusiones ya me tienen harto. Han dejado de importarme, por decirlo suavemente. Nunca tuve detrás ni un padrino, ni un partido político, ni un gobierno, ni una disquera multinacional apoyándome. Soy lo que soy, nada más. Lo que he podido ser, ni más ni menos. Solamente un tipo que escribe canciones y toca la guitarra. Eso. Punto. No quiero –nunca quise ni pretendí- ser otra cosa.
Lo bueno de éstos tiempos globalizados, valga la paradoja, es que puedes estudiar cualquier cosa, y morirte de hambre igual. La miseria nos iguala, digamos. Por eso ya nadie se asusta cuando “el nene no quiere estudiar, quiere ser actor…” ¿Y cuál es el problema? Se cagará de hambre seguro, y probablemente no tenga un éxito económico destacable, pero al menos va a ser feliz haciendo lo que le gusta, lo que quería hacer.
He visto mil ejemplos en mi vida de gente que “tenía todo para llevar una vida digna” –como si el oficio de artista no fuese algo digno en sí mismo-,  y “no tuvo suerte, el pobre. Mirá que trabajó, ¿eh?, pero no tuvo suerte…” No sólo es cuestion de suerte, señora, señor. Hay mil variables dentro de la misma ecuación.
Ocurre lo mismo, lo he dicho mil veces ya, que con los futbolistas. Por cada uno que llega y se vuelve millonario pateando una pelota, hay cientos de miles que nunca llegan a nada.
En ese sentido, el artista tiene la ventaja de que el oficio no envejece. Quiero decir, puedes pasar de jubilarte. Puedes trabajar en lo tuyo mientras el cuerpo aguante. Un deportista, en cambio, tiene una vida útil limitada. Después –y ese despues suelen ser los treinta, a lo sumo, los treinta y cinco años-, tiene que seguir viviendo. A disfrutar del dinero ganado, o a manejar un taxi, o a administrar un bar, o una verdulería, pero tiene que seguir viviendo.
Es como la anécdota que me contó un amigo, payaso él, que ahora debe estar por los treinta y pico, que una vez fue  comer con los padres de una de sus novias, y durante la cena,el padre le preguntó: “Y vos, ¿a qu te dedicas?...” Soy clown, respondió el. Soy payaso, trabajo de eso, hago malabares, algo de magia, equilibrio en un monociclo…” Y el futuro suergro le dijo: “Ah, está bien. Pero, luego, ¿qué vas a hacer?...” ¿Cómo que voy a ser?, respondió mi amigo. “Esto es lo que soy. Un payaso. ¿O acaso cuando alguien estudia para médico, por ejemplo, le preguntan que va a ser después? No. Uno se recibe de médico, y ya está: será médico el resto de su vida. ¿Porqué yo no puedo ser payaso el resto de mi vida?...”
Pero no se entiende muy fácil, ¿eh? Será cosa de seguir insistiendo nomás.
Hasta otra vez.
© Mario Ojeda, Granada, 27/11/2010

Acerca de los oficios (otra vez...)


El problema con oficios como la música o la actuación, por ejemplo, es que la gente suele ver los mismos, normalmente, como cosas fáciles de desarrollar. Es decir, nadie se compadece de un artista. Digamoslo de otro modo. De un minero, por ejemplo, pueden decir –y con mucha razón, ojo-: “pucha, que oficio de mierda… estar todo el día picando piedras, o tragándote el carbón…”, o lo que fuese. De un albañil, por ejemplo, la gente suele decir “¿ves lo que pasa por no haber estudiado? El pobre hombre tienen que estar todo el día trabajando al rayo del sol, en verano, o sufriendo el viento y el frío en invierno…” Y tienen razón, que duda cabe.
Pero ocurre que el hombre no elige el oficio. Es exactamente al revés: es el oficio quien elige a uno.
A veces es un hecho fortuito lo que define esa –si se quiere- mutua elección. Otras, ni siquiera se da lugar a eso.
En el caso de los músicos, por ejemplo, es común que la gente te diga: “que vida te das, ¿no? Se la pasan tocando, viajando, conociendo gente, lugares… ¡y encima te pagan!...”
No quiero justificarmen, ni mucho menos, pero me gustaría analizar la frase anterior, desmenuzándola.
Empezemos desde el final: “… ¡y encima te pagan!” Bien. Aunque lo he dicho cientos de veces, este un oficio como cualquier otro: me tienen que pagar. Otra cosa es que lo hagan. O que lo hagan en tiempo y forma. Porque muchas veces, cobras un concierto a los seis meses, como si fuera algo normal. Y si te quejas, no te contratan mas, con lo cual se convierte en la historia de huevo y la gallina.
Respecto a los viajes, es cierto: uno viaja, y conoce lugares, y gente. Pero la verdad de la milanesa, es que sería mucho mas descansado no tener que viajar tanto, sino poder armarte un circuito de actuaciones en 60 o 100 kilómetros a la redonda, y no tener que viajar tantas horas. Simplemente ir, tocar, y regresar a tu casa a dormir después de cada concierto. Pero esto no ocurre así. “Nadie es profeta en su tierra”.
O la frase“¡que va a ser músico ese, si vive a la vuelta de mi casa!...”. Entonces, tienes que buscarte conciertos en dónde éstos salgan, y generalmente salen lejos, y hay que aguantarse.
Y está bueno conocer lugares y gente, pero, por carácter transitivo, si uno pudiera estar tocando constantemente cerca de su lugar de origen, podría ganar su dinero dignamente tocando –es un oficio, al fin y al cabo-, y ahorrar un dinero, y luego viajar y conocer lugares y gente simplemente de vacaciones, sin urgencias ni problemas de horarios, viajando solamente por el placer de viajar.
Y respecto al lo “trabajoso” o no del oficio, nadie se preocupa cuando uno empieza, y no tiene instrumentos, y sufre por no tener medios para trabajar, o porque no puede comprarse una guitarra digna, por ejemplo, que afine bien, y se las arregla con lo que puede. Y sufre porque su guitarra no afina, pongamos por caso, pero nadie se preocupa por esto. Solamente alguien que ha pasado por eso sabe cuánto se sufre cuando te ocurre algo así. O no tienes un miserable amplificador para escucharte bien.O tienes que tocar sin retorno, y no te escuchas. O tocas en bares de mala muerte por dos duros, pero “es parte del aprendizaje”, como si no fuera mucho mejor poder, desde un principio, tocar en auditorios bonitos, con un buen sonido, habiendo ensayado en una sala acondicionada a tal efecto, y no en el garage de la casa de alguno de los músicos, transpirando como locos en verano, o tiritando de frío en invierno porque, como nadie te conocee y no tienes suficientes conciertos, no puedes pagar el alquiler de una sala de ensayos.
Es lo mismo con los demos o maquetas. Te piden un disco porque “quieren escuchar lo que haces”, y le llevas un CD, grabado malamente en tu lugar de ensayo, y claro, no suena demasiado bien, porque no está grabado en un estudio como la gente, pero eso pareciera que a nadie le importa. Y la sumatoria  de todos éstos factores es lo realmente “trabajoso” del asunto, lo sacrificado, por decirlo de alguna manera: tener que mantenerte en la brecha y defender el oficio de músico (o de productor, o de pintor, o lo que fuera), pase lo que pase, le pese a quien le pese, y si alfinal, o en algún momento, puedes disfrutarlo realmente, y ganar dinero con ello, resulta que no deberías hacerlo, porque, al fin y al cabo, pareciera que no es un trabajo como cualquier otro.
Lo he dicho muchas veces: solamente los que triunfan son creíbles. Si sos un músico exitoso, y ganas dinero, entonces está bien. Has justificado, pareciera, tu razón de ser. A nadie le resulta extraño que un tipo cualquiera, que trabaja en un banco, por ejemplo, tenga un buen pasar. “Bueno, el estudió para eso, entonces está bien, se lo merece…” Ah, claro, porque el artista no, se pasó años rascándose los huevos a dos manos y haciendo “una música estridente”, entonces, si no tiene trabajo, o si no puede vivir de su oficio, “el se la buscó, se hubiera buscado un trabajo digno…”
Cuando un empleado bancario se queda sin trabajo, el comentario es: “Pobre, se quedó sin trabajo, con lo difícil que está la situación laboral…” En cambio, si un músico se queda sin trabajo, no pasa nada. A lo sumo, otra vez, el comentario despectivo: “bueno, hubiera estudiado algo mejor, ¿desde cuándo se puede vivir de tocar la guitarra?...”
La verdad verdadera, a mí este tipo de discusiones ya me tienen harto. Han dejado de importarme, por decirlo suavemente. Nunca tuve detrás ni un padrino, ni un partido político, ni un gobierno, ni una disquera multinacional apoyándome. Soy lo que soy, nada más. Lo que he podido ser, ni más ni menos. Solamente un tipo que escribe canciones y toca la guitarra. Eso. Punto. No quiero –nunca quise ni pretendí- ser otra cosa.
Lo bueno de éstos tiempos globalizados, valga la paradoja, es que puedes estudiar cualquier cosa, y morirte de hambre igual. La miseria nos iguala, digamos. Por eso ya nadie se asusta cuando “el nene no quiere estudiar, quiere ser actor…” ¿Y cuál es el problema? Se cagará de hambre seguro, y probablemente no tenga un éxito económico destacable, pero al menos va a ser feliz haciendo lo que le gusta, lo que quería hacer.
He visto mil ejemplos en mi vida de gente que “tenía todo para llevar una vida digna” –como si el oficio de artista no fuese algo digno en sí mismo-,  y “no tuvo suerte, el pobre. Mirá que trabajó, ¿eh?, pero no tuvo suerte…” No sólo es cuestion de suerte, señora, señor. Hay mil variables dentro de la misma ecuación.
Ocurre lo mismo, lo he dicho mil veces ya, que con los futbolistas. Por cada uno que llega y se vuelve millonario pateando una pelota, hay cientos de miles que nunca llegan a nada.
En ese sentido, el artista tiene la ventaja de que el oficio no envejece. Quiero decir, puedes pasar de jubilarte. Puedes trabajar en lo tuyo mientras el cuerpo aguante. Un deportista, en cambio, tiene una vida útil limitada. Después –y ese despues suelen ser los treinta, a lo sumo, los treinta y cinco años-, tiene que seguir viviendo. A disfrutar del dinero ganado, o a manejar un taxi, o a administrar un bar, o una verdulería, pero tiene que seguir viviendo.
Es como la anécdota que me contó un amigo, payaso él, que ahora debe estar por los treinta y pico, que una vez fue  comer con los padres de una de sus novias, y durante la cena,el padre le preguntó: “Y vos, ¿a qu te dedicas?...” Soy clown, respondió el. Soy payaso, trabajo de eso, hago malabares, algo de magia, equilibrio en un monociclo…” Y el futuro suergro le dijo: “Ah, está bien. Pero, luego, ¿qué vas a hacer?...” ¿Cómo que voy a ser?, respondió mi amigo. “Esto es lo que soy. Un payaso. ¿O acaso cuando alguien estudia para médico, por ejemplo, le preguntan que va a ser después? No. Uno se recibe de médico, y ya está: será médico el resto de su vida. ¿Porqué yo no puedo ser payaso el resto de mi vida?...”
Pero no se entiende muy fácil, ¿eh? Será cosa de seguir insistiendo nomás.
Hasta otra vez.
© Mario Ojeda, Granada, 27/11/2010